Lo cierto es que lo hace caminando en arenas movedizas y en lo que bien podría terminar siendo un salto al vacío; pues no solo no tiene garantía de que efectivamente logre este propósito, sino que en ese tránsito se han develado fracturas con su equipo de trabajo y con algunos de los movimientos o sectores políticos que fueron definitivos para su triunfo en las elecciones de 2022. Asimismo, ha aumentado la incertidumbre sobre la posible continuidad del Pacto Histórico en 2026, sin duda el que mayor trascendencia ha tenido en los últimos años, si de las comunidades hasta ahora más olvidadas y al margen de los espacios de representación se trata.
Lo ocurrido en el cuestionado Consejo de ministros del pasado 4 de febrero inquietó a propios y extraños sobre lo que puede estar pasando por su cabeza y la manera como se propone retomar el control sobre los cuadros que se están moviendo en el tablero. ¿Se está preguntando cómo seguir jugando con las negras mientras debe pensar desde las blancas?
¿Estamos frente a un presidente que se declara amarrado por las inercias de una institucionalidad que finalmente se le impuso como una camisa de fuerza? ¿Un presidente de cuyo entorno político no pudo liberarse y que no le deja otra opción para tramitar sus reformas que el mercado de prebendas, transacciones y otorgamiento de cuotas burocráticas, que es justamente el tipo de anclajes en que se ha soportado el establecimiento? ¿Hasta dónde puede ceder o tensar la cuerda con la oposición sin sacrificar sus principios ni la relación y el apoyo de los círculos más afines a su plataforma ideológica y programática?
Las respuestas a estas preguntas no son fáciles y deben llevar a consideraciones que, sin que puedan desmarcarse de las urgencias que agobian, deben ir más allá de lo que significa un periodo de gobierno.
En el fondo, lo que va quedando en el ambiente es saber si, tanto desde el presidente como desde los contradictores de su propio entorno político, se es consciente de lo que está en juego en una situación en la que, por primera vez, el país ha marcado un punto de inflexión en su historia política, que es lo que significa la llegada de un presidente de izquierda a la jefatura del Estado. Más aún, que ello es el resultado de un proceso bastante largo de acumulación de fuerzas que trasciende los actuales liderazgos, en el que nuevas organizaciones y formas de representación, con nuevas agendas de discusión, han sido los verdaderos protagonistas, en el anhelo de sobreponerse a más de doscientos años de hegemonía de unas élites ajenas a sus intereses.
A quienes forman parte de la estructura de Gobierno, empezando por su gran líder, les asiste entonces una enorme responsabilidad a la hora de leer el momento histórico y las consecuencias que se puedan derivar de sus actuaciones. En el triunfo de 2022 concurrió un movimiento social diverso y, en general, desmarcado de afiliaciones y liderazgos políticos, aunque claramente comprometido con la decisión de empujar los cambios que se necesitan para superar una democracia a medias y un Estado capturado por las mafias y los intereses privados; barreras que impiden superar las enormes condiciones de exclusión e inequidad, además de la dolorosa situación de violencia en que ha transcurrido la mayor parte de la historia de Colombia.
Más que la sumatoria para un favorable resultado electoral, la emergencia de ambientalistas, jóvenes, mujeres, comunidades diversas, líderes comunales, campesinos, estudiantes, pueblos indígenas y afrocolombianos, como actores de primer orden en el lugar de las deliberaciones y las decisiones políticas es el resultado de una sociedad que se ha venido transformando y de una cultura política que avanza y ha logrado ampliar y reconfigurar el mapa de las representaciones políticas.
Es ahí en donde se deben concentrar las miradas y abrir la inteligencia para mantener una apuesta en la que no se puede ser inferior a las circunstancias, sin dejar de tener en cuenta que se actúa dentro los límites de una institucionalidad confeccionada a la medida, no de los que llegan, sino de los que no se quieren ir, y que se está lejos todavía tener unas bases programáticas y una capacidad de convocatoria suficientemente consolidada.
Es claro que estamos en el escenario de la política, lugar en el que se dirimen los asuntos del poder, en el que es válida la construcción de alianzas, entablar negociaciones, hacer acuerdos e incluso concesiones cuando se trate de despejar caminos que permitan avanzar. Pero lo es también que es un juego en el que se enfrentan límites que obligan a pensar en cómo actuar, cómo comunicar y cómo no perder el norte frente a apuestas en las que en Colombia ya se ha avanzado.
En ese orden de ideas, preocupan los más recientes acontecimientos, incluido el referido Consejo de ministros, que no han sido propiamente una puesta en escena de quienes aspiran a dejar un saldo a favor, ni de sí mismos ni de sus realizaciones. ¿Qué estaba pensando el señor presidente cuando, sin que lo dijera, se reveló en el Consejo de ministros como el protagonista de una crisis en la que de paso ponía en la picota pública a su grupo más cercano de colaboradores?
Si se trataba de una evaluación del quehacer de sus funcionarios, se careció de rigor técnico, se hizo alusión a unas cifras de las que nunca se explicó a qué exactamente se referían, qué tipo de indicadores se estaban midiendo, a qué respondían las metas no cumplidas, tampoco las cumplidas. Fue una presentación en exceso simple, sin contexto, sin análisis y, más grave aún, frente a la que los supuestos responsables no tuvieron mayor oportunidad de reaccionar porque la palabra estuvo bajo el estricto dominio del señor Presidente, a quien pareció olvidársele que no era otra que su propia gestión la que se estaba evaluando.
Sorprende por demás que no hubiera hablado nada de los logros, que sí los ha habido durante su mandato, y que es justamente lo que tenía que mostrarle a una audiencia, en general desinformada, y a la que seguramente poco le interesaban los temas más bien sin sentido que ocuparon la mayor parte de su tiempo.
Preocupa que frente a un escenario tan complejo y en el que son tantas cosas las que están por resolver, lo que más haya quedado para las murmuraciones de la tribuna sea la presencia de nuevo en el gabinete de un señor como Armando Benedetti o la continuidad en el mismo de la señora Laura Sarabia; dos lunares que han resultado tan costosos que alcanzan para anegar en aguas turbias, no solo las realizaciones de un equipo de trabajo, sino las esperanzas de esa parte del país que todavía, desde la otra orilla del establecimiento, sigue creyendo y pujando por el cambio.
¿Debemos decir que la izquierda y los sectores progresistas se están quedando cortos para hacer frente al quiebre histórico que está viviendo Colombia? Con optimismo debemos pensar que no, que lo que ocurre es propio de los ires y venires de la política, en medio también de un proceso de aprendizaje en el que, ojalá, en el balance final los costos no vayan a estar por encima de los resultados
Vale de todas maneras traer a colación la famosa frase de Jorge Eliecer Gaitán de que “el pueblo es superior a sus dirigentes”; de pronto sirva de llamado de atención a los líderes o representantes, o que así se han proclamado, para que no vayan a dejar al descuido el sueño de una ciudadanía cuya voluntad de transformación sigue latente y que no espera de ellos menos que su buen juicio, su sensatez y su grandeza.
Orlando Ortiz Medina, Economista-Magister en estudios políticos
Foto tomada de: Youtube – Presidencia de la República
Deja un comentario