Desde los socialistas democráticos hasta los populistas de derecha, pasando por muchos centristas ansiosos, parece que todos concuerdan en que el liberalismo está en problemas. Pero ¿qué pasa con las cualidades que los liberales han mostrado en sus mejores momentos? En su último libro, La lucha por una política decente1, Michael Walzer, editor durante muchos años de la revista Dissent, sostiene que podemos y debemos rescatar las virtudes de la tradición liberal de la crisis del liberalismo. En esta entrevista, Walzer explica por qué los socialistas deberían estar orgullosos de llamarse liberales, pese a que muchos en la izquierda no concuerden con esto.
Empecemos por el final del libro, donde usted escribe: «Las batallas por la decencia y la verdad se encuentran entre las batallas políticas más importantes de nuestro tiempo. Y el adjetivo ‘liberal’ es nuestra arma más importante». ¿Por qué tantas cosas dependen de un solo adjetivo?
Si imaginamos el tipo de batallas que se están librando por la democracia, con [el primer ministro húngaro] Viktor Orbán hablando de «democracia iliberal», entre otros ejemplos, como el más reciente de Israel; si imaginamos algunos de los extensos y viejos debates sobre el papel de las vanguardias en el avance del socialismo; si pensamos en las batallas que ahora se están librando en relación con el nacionalismo en muchos lugares del mundo, donde nos enfrentamos a una versión cada vez más iliberal del nacionalismo, en todos estos casos parece que para delimitar la democracia, el socialismo y el nacionalismo es necesario colocar el adjetivo «liberal» e insistir en las restricciones que conlleva. Creo que esas batallas dependen del valor y de la efectividad de ese adjetivo.
Usted pone mucho énfasis en la distinción entre «liberal» como adjetivo y «liberalismo» como sustantivo. ¿Cuál considera que es la diferencia entre ambos?
Comencé con un par de libros. Carlo Rosselli es uno de mis héroes; fue un líder de la resistencia política antifascista no comunista en Italia en la década de 1920 y fue asesinado por unos matones de Benito Mussolini en París cuando tenía 30 años, en 1937, unos pocos años después de que publicara un libro: Socialismo liberal 2. Además, tengo una amiga, Yael Tamir, que hizo una tesis de doctorado con Isaiah Berlin que luego se publicó en un libro llamado Nacionalismo liberal 3. Tamir fue ministra de Educación en uno de los últimos gobiernos de centroizquierda de Israel. Estaba pensando en el papel del adjetivo en ambos casos: «socialismo liberal» y «nacionalismo liberal». Y me pareció que el adjetivo, «liberal», es más útil que el sustantivo, «liberalismo».
El liberalismo en Europa es, hoy en día, una suerte de «libertarismo», es una ideología de derecha. Solía haber un libertarismo de izquierda, al que probablemente le quedaría mejor el nombre anarquismo, y que persiste en varias versiones sectarias, pero hoy no tiene mucho arrastre. Y luego, en Estados Unidos, liberalismo generalmente significa «liberalismo del New Deal». Es nuestra muy modesta versión de la socialdemocracia, y no es una doctrina muy fuerte, ya que muchos de quienes la practicaban se convirtieron en neoliberales con excesiva facilidad. Por lo tanto, el [liberal]-ismo no es una doctrina fuerte ni coherente. No quiero decir que no haya liberales. Pero los liberales son personas que se definen mejor moral o psicológicamente; son lo que Lauren Bacall, mi actriz favorita, llamaba «gente que no tiene mentes pequeñas». Un liberal es alguien tolerante con la ambigüedad, que puede sumar argumentos que no le son propios, alguien que puede convivir con gente con la que no está de acuerdo, que tiene religiones o ideologías diferentes. Eso es un liberal. Pero esas cualidades liberales no implican ninguna doctrina social o económica. Por lo tanto, hay liberales en el mundo, y puedo reconocerlos, pero el liberalismo no describe su compromiso político real. La palabra tiene un mejor uso cuando califica los tipos de compromiso sobre los que escribo: democracia, socialismo, nacionalismo, etc.
Usted parece sostener que la ideología del «liberalismo» está en el fondo vacía, pero que «liberal» como adjetivo puede alejar de extremos peligrosos a otras visiones del mundo más sustantivas. Es una forma de llegar a un punto medio. Por ejemplo, un «nacionalismo liberal» ofrece lo mejor de una devoción compartida hacia una comunidad mayor sin permitir un chovinismo a ultranza.
Correcto. Pero también quiero decir que un nacionalista liberal es alguien capaz de reconocer la legitimidad de otros nacionalismos. El adjetivo es pluralista. En lo que respecta a la democracia, implica que existe un derecho a ser oposición al partido gobernante, lo que significa que tienen que existir otros partidos.
Pero hay allí una tensión entre el papel que juega «liberal» cuando se habla de «socialismo liberal» y el papel que juega cuando se habla de «democracia liberal». En este último caso, «liberal» supuestamente refrena el extremismo de mayorías que pisotea derechos. Pero con «socialismo liberal» parece que se quiere subrayar el elemento democrático en una tradición socialista que puede desviarse hacia el dogmatismo sectario (en su forma más suave) o hacia el autoritarismo absoluto (en su forma más extrema). Pareciera que hay preocupación por los excesos democráticos en un caso y por su ausencia en otro.
No estoy seguro de que el adjetivo haga exactamente el mismo trabajo en relación con todos los sustantivos. Pero hace un trabajo similar en democracia y socialismo, porque en el caso de la democracia, restringe el gobierno de la mayoría, y luego, en el del socialismo, es una restricción a la minoría ideológicamente preclara que reivindica el papel de la vanguardia en la creación de una sociedad socialista. También implica que tiene que haber elementos que compitan dentro del movimiento socialista. Tiene que haber espacio para diversos grupos y para el disenso. Por lo tanto, sí, la democracia liberal es crucial para el socialismo liberal.

Usted defiende de forma persuasiva las virtudes del liberalismo tal como lo define. Sin embargo, cuando observa a las personas que se reivindican liberales en eeuu hoy en día, ¿cree que están a la altura de lo que ve en ese término?
Bueno, algunas lo están.
Porque es difícil para mí ver la cultura política liberal actual como una expresión de aquello sobre lo que usted está hablando aquí: sabiduría, ironía, autoconciencia.
Sí, concuerdo. La crítica original de Dissent al liberalismo estadounidense tal como era en la década de 1950 era una crítica a la complacencia y la falta de ironía.
Estoy seguro de que usted recuerda que Irving Howe hizo una crítica detallada y demoledora de Adlai Stevenson que sigue siendo una excelente discusión de ese tipo4.
Sí, pero tiempo más tarde Howe escribió «Socialism and Liberalism: Articles of Conciliation?» [Socialismo y liberalismo: ¿artículos de reconciliación?], que fue su manera de criticar ciertas formas de socialismo autoritario5.
Esto plantea la cuestión de cómo nosotros, en la izquierda, podemos movernos entre el liberalismo realmente existente –lo que vemos todos los días– y lo mejor de la tradición liberal que usted quiere aprovechar.
Sí, existe una tradición liberal, un liberalismo al estilo de John Stuart Mill, y yo mismo me considero dentro de esa tradición. También me resulta interesante que Mill, en algunos de sus escritos, haya intentado producir un socialismo liberal.
Las opiniones de Mill sobre el liberalismo y el socialismo cambiaron bastante a lo largo de su vida. El libro suyo que estamos discutiendo no es de memorias, pero es más personal de lo que cabría esperar de una obra de filosofía política. Cuando mira su propia carrera, ¿piensa que sus puntos de vista se han mantenido más o menos dentro de los mismos patrones?
Me crié en la cultura del Frente Popular. Entonces, llegar a [la universidad de] Brandeis y conocer a Irving Howe y Lew Coser6 y encontrarme con estos ex-trotskistas y su apasionada crítica a la Unión Soviética fue un shock político y cambió profundamente mi forma de ver las cosas. Determinó abruptamente mi forma de entender la política, a mis 18 o 19 años. Cuando tenía 13 años, había escrito lo que llamé «La historia de la Segunda Guerra Mundial», que terminaba con la frase: «Rusia no lucha por ansia de conquista, sino para poner fin a la conquista». Por lo tanto, sí, he cambiado de opinión. Pero fue bastante tempranamente. Y el encuentro con los Dissentniks7 determinó mi visión de la política.
Y usted está atravesando esa transformación en la cima de lo que los historiadores describen como el consenso liberal de la posguerra. Hoy en día, esa tradición está mucho más debilitada. ¿Por qué cree que hay tanta frustración con ella hoy?
En parte, culpo a la izquierda socialdemócrata por su capitulación ante el capitalismo global. El fracaso de la izquierda en la mayor parte de Europa y de eeuu para abordar la creciente desigualdad producida por el capitalismo contemporáneo explica en gran medida el surgimiento de cierta versión de populismo nacionalista de derecha. Creo comprender a los estadounidenses y europeos corrientes que se han enfadado con las elites gobernantes, identificadas solo en las palabras con una doctrina de centroizquierda. He escrito sobre mis dos ciudades. Crecí en Johnstown, Pensilvania, que era entonces una ciudad siderúrgica: era una ciudad alrededor de la empresa y la empresa era Bethlehem Steel. Durante la huelga siderúrgica de 1937 –conocida como Little Steel Strike [Huelga en las pequeñas acerías]– llevaron matones a Johnstown. Y luego, en 1941, la nlrb [siglas en inglés de la Junta Nacional de Relaciones Laborales] organizó una elección, el sindicato la ganó por un amplio margen8, y Johnstown se convirtió en una ciudad demócrata. En 2016, dos de cada tres votantes de Johnstown optaron por [Donald] Trump. Eso fue después del colapso de la industria del acero, la virtual desaparición del sindicato, la incapacidad de los congresistas demócratas de hacer algo para sostener la vida de la ciudad. Más tarde me mudé a Princeton, Nueva Jersey, donde he vivido 40 años y que es una de las ciudades más ricas de eeuu: allí, seis de cada siete votantes optaron por Hillary Clinton. O sea, Johnstown 2 a 1 para Trump y Princeton 6 a 1 para Hillary Clinton. Esta es la sociología de la izquierda estadounidense. Los liberales del New Deal abandonaron a los trabajadores que eran su base y se convirtieron en el partido de las clases medias educadas. Y los trabajadores abandonados de lugares como Johnstown recurrieron a un demagogo populista que prometió traerles de vuelta los eeuu de antaño.
¿Qué papel ha jugado la universidad en este proceso?
La universidad fue, en la década de 1960 y principios de la de 1970, el hogar de una izquierda que en sus orígenes fue admirable, y en su final, desastrosa. He contado varias veces la historia de nuestro movimiento contra la guerra en Cambridge. Formamos el Comité Vecinal sobre Vietnam, que era, esencialmente, un proyecto de Harvard. Casi todos nuestros adherentes, que iban de casa en casa por toda la ciudad, eran estudiantes, exceptuados del servicio militar obligatorio, que trataban de hablar con las familias, muchas de las cuales tenían hijos en Vietnam. Teníamos, sigo pensando, la posición política correcta, pero la campaña fue un enorme fracaso. En nuestra pequeña escala, hemos ayudado a crear a los llamados «demócratas de Reagan».
Que luego se convirtieron en los republicanos de Trump. Me pregunto, entonces, cuando usted mira la universidad, ¿piensa que la academia estadounidense se ajusta al ideal liberal que describe en el libro?
Bueno, no he estado en una universidad desde 19809, pero he observado y escuchado las cosas que suceden y hay varias tendencias diferentes y contradictorias en las universidades que mejor conozco. Hay un corporativismo creciente y una burocracia en expansión que está mayormente interesada en el negocio de la educación, y no en la educación misma. Podemos ver la creación de un proletariado académico: la disminución del número de empleos estables y potencialmente estables; la creciente cantidad de personas que trabajan a tiempo parcial en universidades, ocupando puestos temporales, a menudo sin beneficios o sin la gama completa de beneficios, y que en muchos casos deben tener dos empleos. Fui testigo de los albores de ese proceso en Harvard a fines de la década de 1970. Todo eso es desastroso para la vida académica. Al mismo tiempo, hay una creciente actividad política en los campus, con una mayor visibilidad de la actividad de la izquierda, y gran parte de ella no tiene como contrapartida ningún tipo de movimiento o partido político de adultos. Soy miembro de un grupo de profesores liberales y de izquierda que trabajan en temas relacionados con Israel y el movimiento bds [Boicot, Desinversión y Sanción]. Estamos tratando de convencer al establishment judío de que la única forma de defender a Israel en los campus es desde una posición crítica de izquierda, y que la forma en que lo está haciendo está condenada al fracaso. Y estamos tratando de convencer a los estudiantes de izquierda –cuya política es crecientemente no liberal– de que apoyen a los demócratas liberales y a los nacionalistas liberales tanto en Israel como en Palestina, y de trabajar por una u otra versión de coexistencia. Mis propios encuentros con la izquierda en los campus no han sido, por lo general, alentadores.
Esto plantea la cuestión de lo que podríamos describir como críticas fraternas. En el libro, usted dice que es importante evitar respuestas rencorosas a los compañeros que no están de acuerdo. Usted habla del caso de Dissent durante los años de la guerra de Iraq, cuando hubo un llamado a expulsar a los miembros del comité editorial que habían apoyado la guerra. A pesar de que usted se opuso a la intervención estadounidense, sintió que era ir demasiado lejos exigir que se fueran todos los que no estaban de acuerdo con usted. Pero usted tampoco ha sido renuente a buscar pelea en la izquierda. ¿Cómo ha tratado de equilibrar, por un lado, esta aversión al sectarismo con su propia voluntad de patear el avispero?
Tiene que ser un debate continuo. Todo movimiento de izquierda liberal va a tener líneas que no se deban cruzar. Recuerdo el límite crucial de Dissent: que no publicaríamos una defensa del estalinismo. Y, sin embargo, publicamos a Isaac Deutscher10, pero con comentarios de lectores muy, muy fuertes, de modo que cualquier lector de Dissent conociera la postura de la revista. Intenté hacerlo durante la guerra de Iraq; publicamos un simposio sobre la disyuntiva de ir o no a la guerra en el invierno de 2003 con ocho comentarios: seis opuestos a ir a la guerra y dos a favor11. Pensé que eso dejaba en claro la posición de la revista, al tiempo que reconocía un disenso interno. Y me molestó mucho cuando algunas personas quisieron deshacerse de las dos voces disidentes. Entonces, sí, en nuestra revista o en nuestro movimiento, es importante tener una posición política que incluya el disenso con ciertos límites más allá de los cuales no estaríamos de acuerdo en incluir a personas que se ubican, por así decirlo, del otro lado. Entonces, hay que discutir sobre los límites. No solo discutir dentro de los límites, sino discutir acerca de los límites.
Ya hemos hablado de que los eeuu de la posguerra atravesaban un momento socialdemócrata, o al menos un momento en el que al liberalismo le fueron infundidas características socialdemócratas. En su libro dice que esa versión del liberalismo ha dado paso al Partido Demócrata neoliberal de la actualidad. Y también dice haber estado manifestando ante la Casa Blanca a favor de los Acuerdos de Oslo en 1993, ese momento de esperanza para Israel y Palestina. Y habla de las marchas a favor de la Unión Europea en el Reino Unido durante el referéndum del Brexit. En cada uno de estos casos, hay un periodo de optimismo seguido de una larga caída hasta llegar al presente. ¿Cree que hay una razón por la que estos momentos son tan fugaces?
Está mal preguntarle algo así a un hombre anciano, porque nos sentamos a hablar de los buenos viejos tiempos y nos lamentamos de todo lo que está pasando hoy.
Pero es la frustración por la situación actual lo que impulsa a muchas de esas voces jóvenes de la izquierda con las que usted podría sentirse frustrado: sienten nostalgia por un tiempo que ni siquiera han vivido. Es la indignación lo que las lleva hoy a una política más radical. Podemos hablar sobre si esa indignación es contraproducente, creo que a menudo lo es, pero no se puede lidiar con ella a menos que primero se entienda de dónde viene.
Estamos, en este momento, experimentando una derrota tras otra, con victorias ocasionales, como una muy reñida elección en Brasil12. De hecho, recibí llamadas telefónicas y correos electrónicos celebrando esa victoria, porque esos resultados no abundan. Y fue algo para brindar y felicitar al pueblo de Brasil.
Pero en cuestiones sociales y culturales más amplias (derechos de los homosexuales, derechos de las mujeres, igualdad racial), no se trata de una historia de derrotas generalizadas; es una senda mucho más irregular que un simple declive. Lo que ocurre es que también se han producido grandes derrotas de cierto tipo de liberalismo.
Las derrotas han sido muy, muy grandes, y algunas de ellas se extienden durante un largo tiempo, como la merma de afiliados a los sindicatos. Tenemos que preguntarnos por qué las victorias que usted describe, referidas a los derechos civiles, han ido acompañadas de una creciente desigualdad social y económica. Los días de gloria de la socialdemocracia parecen estar hoy muy lejos en el pasado, aunque todavía estamos, con más o menos éxito en Europa occidental e incluso aquí, defendiendo muchos de los logros de la socialdemocracia. Pero no hay ninguna idea sobre cómo avanzar hacia una sociedad más igualitaria: hay muchas personas que simplemente se han adaptado a esta carencia. Y, sin embargo, sigo creyendo, y pienso que esta debe ser la creencia que obre como sostén de la izquierda, que la mayoría de la gente apoyaría algo muy parecido al viejo programa socialdemócrata, pero renovado. Si de alguna manera fuéramos capaces de encontrar una forma de presentar ese programa a quienes habitan aquí y en Europa, y pedirles que digan sí o no, creo que tendríamos una avalancha de síes. Tal vez sea ingenuo. Pero creo que las derrotas, en parte, son culpa de la rendición de la izquierda ante el neoliberalismo. Y la victoria, o una serie de victorias, no son algo imposible. No me gusta la sensación de ira y frustración que se origina en la creencia de que, de alguna manera, el mundo se ha vuelto contra nosotros y tenemos que atacar a los «elitistas» en el poder. Esa es la posición populista. Creo que tenemos que tratar de sostener una versión diferente de oposición, una versión que logre presentar una imagen de una sociedad mucho, mucho menos desigual.
Concuerdo en la necesidad de mantener la esperanza. Pero hay una alternativa que usted señala en el libro. Incluye una broma que toma prestada de Irving Howe, quien, a su vez, la tomó prestada de una vieja broma judía sobre las finalidades: «En un shtetl13 de Europa del Este, se eligió a un hombre para que se sentara a las puertas de la ciudad y velara por la llegada del Mesías, para avisar a los habitantes cuando llegara el fin de esta interminable espera. Un amigo le preguntó: ‘¿Qué tipo de trabajo es ese?’. ‘No está muy bien pago –respondió–, pero es un trabajo estable’». Usted escribe que el socialismo liberal es un trabajo constante, lo cual sugiere que incluso si no vamos a llegar a ver en vida algo parecido al socialismo, la lucha misma vale la pena. Pero ¿cómo plantea ese argumento a quienes exigen una transformación ya mismo y se enfrentan a un mundo que no llega a estar a la altura de algunas expectativas aparentemente razonables?
Ese ha sido el problema de la izquierda moderada desde siempre. Ofrecemos un programa de, no quiero llamarlo cambio gradual, porque si usted piensa en algo como la victoria de Clement Attlee en 1945 y la creación del Estado de Bienestar inglés, eso no era gradualismo.
Transformó gran parte de la vida cotidiana.
Sí. Y tenemos que buscar momentos de ese tipo. Fue transformador, pero no fue la llegada de un mesías, no fue la creación de una sociedad socialista igualitaria. Fue la creación de una sociedad mucho, mucho mejor que la que había existido un momento antes. Y he tratado de entender ese tipo de cosas con ejemplos locales. Como le dije, crecí en Johnstown, Pensilvania. El sindicato llegó en 1941. Nosotros llegamos en 1944. Y no creo que la gente entienda lo que significó la victoria del sindicato en un lugar como Johnstown. De repente, los trabajadores del acero tenían dinero. Así de simple. Se transformaron en consumidores. Y la administración pública de la ciudad se volvió respetuosa hacia estas personas con las que nunca antes lo había sido. Cambió completamente la forma en que se sentía la vida en la ciudad. Necesitamos hablar de ese tipo de victorias, describirlas, revivirlas, porque ese tipo de victorias todavía son posibles.
Nota: la versión original de esta entrevista, en inglés, se publicó en Dissent, 21/3/2023, con el título «Liberal Commitments», disponible en https://www.dissentmagazine. Traducción: Carlos Díaz Roca.
1. M. Walzer: La lucha por una política decente. Sobre «liberal» como adjetivo, Katz, Buenos Aires, 2024.
2. Pablo Iglesias, Madrid, 1991.
3. Liberal Nationalism, Princeton UP, Princeton, 1993.
4. Irving Howe (1920-1993) fue un crítico literario y figura prominente de Socialistas Democráticos de EEUU (DSA, por sus siglas en inglés). Adlai Stevenson II (1900-1965) fue un político y diplomático demócrata estadounidense. En las elecciones presidenciales de 1952 y 1956 fue elegido candidato a la Presidencia, pero fue derrotado en ambas ocasiones por el republicano Dwight D. Eisenhower. Cuando John F. Kennedy fue elegido presidente, nombró a Stevenson embajador de EEUU ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Durante su mandato, Stevenson tuvo que hacer frente a importantes acontecimientos, como la invasión de Cuba por Bahía de Cochinos y la crisis de los misiles. Ver I. Howe: «Stevenson and the Intellectuals» en Dissent, invierno de 1954 [N. del E.].
5. En Dissent, invierno de 1977.
6. Lew Coser (1913-2003) fue un sociólogo estadounidense nacido en Berlín, teórico del conflicto social. Entre sus libros, se destaca Las funciones del conflicto social [1956], FCE, Ciudad de México, 1961.
7. Miembros de la revista Dissent [N. del T.].
8. Se refiere al Comité Organizador de Trabajadores del Acero (SWOC, por sus siglas en inglés) [N. del E.].
9. Walzer es profesor emérito en el Instituto de Estudios Avanzados en Princeton, que es vecino pero no forma parte de la Universidad de Princeton [N. del E.].
10. Se refiere de manera polémica al artículo de Deutscher «The Future of Russian Society», publicado en Dissent, verano de 1954 [N. del E.].
11. «Power and Insecurity» en Dissent, invierno de 2003.
12. Se refiere a la segunda vuelta de las elecciones, llevada adelante el 30 de octubre de 2022, en la que Luiz Inácio Lula da Silva triunfó con 50,9% de los votos [N. del E.].
13. Ciudad pequeña o pueblo con mayoría de población judía [N. del T.].
Timothy Shenk
Fuente: https://nuso.org/articulo/315-defensa-adjetivo-liberal/
Deja un comentario