El yo que es un nosotros y el nosotros que es un yo
Hegel
Partiendo de una lectura de Hegel podemos interpretar la relación entre el yo y el nosotros, y entender no solo cómo se da la transición de uno al otro, sino de qué modo ambos no son otra cosa que dos términos de una misma relación. Sin embargo, la mirada superficial no solo los fija y los considera separados, sino que los confronta. Pero la conciencia individual no puede permanecer encerrada en una conciencia solipsista, sino que se ve empujada hacia la colectividad, más aún si esa conciencia no solo se caracteriza por su condición social, sino por su vocación política. Y es que el político, por mucho que quiera pensar y actuar solo, no puede detenerse en su sola individualidad, tiene que llegar a ser un yo plural, un yo colectivo. Si tiene vocación conquistadora podrá hacerlo con la fuerza de su carácter o el embrujo de su carisma que atrae hacia sí la voluntad de otros; si no la tiene, tendrá que establecer alianzas y plegarse a otras fuerzas superiores a su voluntad. El espíritu, dice Hegel, es sujeto plural y uno al mismo tiempo. Pues bien, el político es esta síntesis, y se propone imponer el lugar de los sujetos particulares en el interior de la comunidad.
La política tradicional de la izquierda resignada y obediente al establecimiento ha consistido en ser oposición y hacer denuncias a través del activismo. Algunos políticos hicieron de esta labor su papel fundamental: ser la conciencia “crítica” de los gobiernos de derecha, claro está, sin ninguna pretensión por el poder y con la sola aspiración de ser reconocidos por aquellos a quienes ejercía oposición. Jorge Robledo es el mayor representante de una pseudoizquierda zángana que vivió a costa del poder que aparentemente criticaba. Para decirlo con un verso de Fernando Pessoa: era el perro que tolera la gerencia por ser inofensivo. Pero la política es otra cosa: no es esta politiquería de burócratas acomodados que quieren congraciarse con quienes más duro hay que ser; sino la acción que busca influenciar y sobre todo dirigir la mayor asociación política, es decir, el Estado.
La izquierda suele distinguirse por la proliferación de ideas y líderes independientes que proponen cada uno a su manera la concepción correcta y la ideología verdadera. Ha permanecido en una perspectiva individualista y egocéntrica (“el yo”) y apenas se está percatando de la necesidad de transitar hacia una visión colectiva y solidaria (“el nosotros”).
Es en este sentido que la transición del “yo” al “nosotros” implica un cambio en la forma en que entendemos la política y en el modo en que nos relacionamos con los demás y con el mundo. Por su puesto, cada individuo desarrolla a partir de su experiencia una visión propia, personal y subjetiva del mundo; sus decisiones personales están atravesadas por sus concepciones y representaciones. Sin embargo, se trata de pasar de una visión centrada en la propia individualidad y necesidades personales a una visión más amplia y compartida, que tenga en cuenta las perspectivas y las necesidades de los demás, incluso acosta del sí mismo.
La acción política basada en el énfasis de la individualidad y la absoluta autonomía personal lleva al traste un proyecto político común porque conduce a la fragmentación y al aislamiento de las personas. La pureza de nuestras convicciones y principios podrán tal vez ponerse a salvo en la soledad contemplativa de una vida retirada ajena a la política y la sociedad, pero el mundo real, que es el mundo de la acción, con frecuencia nos obliga a decidir entre la integridad abstracta de una idea o la realización imperfecta de nuestras más altas intenciones. La perspectiva individualista del izquierdista puritano que por escrúpulos morales es incapaz de compartir su mesa de trabajo con quien considera reprochable es insuficiente para abordar los desafíos y problemas de un proyecto político que sobrepasa sus reservas personales. ¿No nos une acaso un proyecto político común que debe empezar a transformar la sociedad? El moralista habla desde un alto tribunal y olvida que su acción, muchas veces inmoral, debe enfocarse en realizar los fines nobles que propone este proyecto. Este ensayo político es una manera de explorar nuevos caminos para construir relaciones más equitativas y más justas entre las personas que habitamos este lodazal.
En la Fenomenología del espíritu, Hegel muestra el camino que traza el desarrollo de la conciencia a través de una serie de procesos desde la certeza sensible hasta el espíritu pasando antes por la razón. En esta experiencia de etapas sucesivas la conciencia que sabe de “lo otro” experimenta al mismo tiempo el saber de ella misma y deviene autoconciencia. En este trayecto, la autoconciencia se enfrenta a la necesidad de reconocer su existencia y validar lo que para ella es su verdad. Pero esta validación no la alcanza por sí misma dado que no es suficiente su mera individualidad, pues requiere el reconocimiento y la presencia de otras conciencias. Esto quiere decir que la autoconciencia necesita ser reconocida y validada por otra autoconciencia para alcanzar su certeza y plenitud. Es la ya trillada y tan conocida dialéctica del amo y el esclavo, en la que dos autoconciencias se enfrentan y se reconocen mutuamente mediante una lucha. El inicio de esta lucha por el reconocimiento es desigual, porque el amo se considera la única conciencia verdadera, mientras el esclavo es visto como mero instrumento y un ser inferior.
En este forcejeo donde aparece la lucha y la dominación, el esclavo comienza a tomar conciencia de su propio ser y exige el reconocimiento que su amo le negaba. Esta relación dialéctica, mediada por la confrontación, lleva a una transformación en la relación de las dos autoconciencias, y es el tránsito necesario hacia la igualdad y el reconocimiento mutuo. De este modo, la autoconciencia individual, inmersa en su egoísmo petulante que le despierta un deseo de dominación, al entrar en relación con otro y chocarse contra él, se inscribe en un juego dialéctico en el que las autoconciencias individuales se reconocen y validan mutuamente. Todo esto es la etapa previa hacia la construcción de la comunidad y una conciencia colectiva entre iguales.
En el último consejo de ministros, el presidente Petro citó un apartado de El espíritu de la esperanza, De Byung-Chu Han: “Hoy, en nuestra sociedad narcisista, la sangre está encerrada en la mezquina circulación de nuestros egos. Ya no fluye al mundo; faltos de mundo, ya solo orbitamos en torno a nuestro ego. En cambio, la esperanza tiene amplitud, funda un nosotros: en eso se distingue del deseo y la mera expectativa”.
A lo cual el presidente agregó: “Fundar un ‘nosotros’ es la acción de la política”, y advirtió sobre los riesgos que para el Gobierno tiene la presencia de un individualismo extremo:
“Cuando aquí hay una pelea de egos y la egolatría narcisa se vuelve el eje de la política y de la acción administrativa, lo que se excluye es al otro. No es posible formar un nosotros en plural, sino un yo”.
En El contrato social, Rousseau afirmó que en el pacto social se elimina lo que no es esencial, y cada uno pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general. Lo que surge de este acto es una persona pública, un cuerpo colectivo, un “yo común”, con vida y voluntad (Rousseau, 2012, p. 21). Así pues, es el acuerdo respecto a nuestro plan político lo que debe crear un lazo común, y si no hubiese un acuerdo sobre lo fundamental, que es sacar adelante las propuestas de Gobierno y transformar la sociedad, no habría movimiento, ni partido, ni Gobierno. El presidente, siguiendo estas líneas, cerró su reflexión con la siguiente frase: “En una política progresista, amigos y amigas, el nosotros es definitivo […]. El ego es solitario, es el yo. El ‘nosotros’ es lo colectivo. No se puede cambiar la historia de un país sin un nosotros”.
David Rico Palacio
Foto tomada de: Infobae
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