Fue un acto desafiante a la autoridad de Dinamarca. “Para visitar nuestras bases no necesitamos invitación de nadie”, parece haber dicho el vice. Que un jefe de estado, o alguien al mismo nivel ingrese a otro país sin acordarlo con alguna de sus autoridades, es un agravio a las reglas de la diplomacia, aún en caso de haberse planeado como un viaje vacacional para que la señora Usha Dance – con su aspecto tan norteamericano como Mahatma Gandhi –, presenciara una competencia de trineos tirados por perros, pudiendo verla en Alaska, el estado 49 de la Unión a la que pertenece.
No se trató de una descortesía del muchacho pobre de Middletown, Ohio, que escribió el bestseller del drama de su propia vida, y que Ron Howard llevó al cine como “Hillbilly: Una elegía rural” en 2020. Algo digno de ver. Arroja luces sobre cómo se forjó el hombre que se presenta en esa isla gélida convertido en el heraldo de un conquistador, y por qué hay millones en esa nación que piensan como él. Su barba, inusual en un gobernante norteamericano de los últimos cien años – como el bigote en un Papa –, dice que pertenece a los tiempos en los que USA se expandió a la brava sobre el 50% de México: una edad gloriosa que su gobierno se propone restaurar.
La presencia de Vance respondió a un plan bien preparado. Promocionado inicialmente como el viaje inocente de su esposa y sus hijos, decidió acompañarla “para que no se divierta sola”, y realizar de paso una visita a “nuestros guardianes de la base espacial, y ver qué pasa con la seguridad allí”. El anuncio hizo que el primer ministro de la isla ártica calificara aquella visita como “muy agresiva”, y la presidenta de Dinamarca acusara a Washington de estar ejerciendo “una presión inaceptable sobre Groenlandia”. Con toda razón los isleños y daneses reaccionaban con el mismo nerviosismo que las ovejas en el corral al ver llegar al zorro, después de haber escuchado a Donald Trump decir con franqueza aterradora: “no podemos vivir sin Groenlandia”, y “la vamos a conseguir de una forma u otra”.
Saben que no es una declaración de amor, es el anuncio descarado de que anexionarán la isla; una política a la que no pueden resistirse con éxito los 57 mil habitantes, 50 mil de ellos originarios, aún con el auxilio de Dinamarca. La presencia del Vice con Michael Waltz, asesor de Seguridad de la Casa Blanca, y Chris Wright, secretario de Energía, les confirma la farsa de la carrera de trineos. Y aunque el recorrido se restringió a la zona de la base, los daneses y esquimales originarios – que ahora llaman inuits –, ven a Vance como el Adelantado de un peligroso filibustero decidido a despojarlos de la isla más grande del mundo, y apropiarse de sus riquezas minerales a como dé lugar.
Las fotos de Vance luciendo casco y chaleco militares, alimentan la idea de estar allí dando el primer paso oficial en esa estrategia. Groenlandia posee 27 de las 34 materias primas esenciales en componentes tecnológicos de defensa moderna; sin olvidar los yacimientos de petróleo, y su geografía privilegiada para controlar el corredor del ártico al flujo militar de naves chinas y rusas, indispensable a su renovado sueño de dominio global.
Y el arrogante vicepresidente no defraudó a nadie. Ni a los que ahora lo temen, ni a quienes lo aplauden. Dirigiéndose al mundo a través de los 200 soldados que controlan la remota base de radares creada en 1945, el orador del nuevo régimen instalado en la Casa Blanca pronunció las palabras más ominosas que se le han escuchado.
Su discurso comenzó afirmando que Dinamarca ha tratado a los groenlandeses como ciudadanos de segunda clase; y declaró de inmediato: “Nuestro mensaje a Dinamarca es muy simple. No han hecho un buen trabajo con el pueblo de Groenlandia. Han invertido poco en el pueblo de Groenlandia y en la arquitectura de seguridad de este increíble y hermoso territorio lleno de gente extraordinaria. Eso tiene que cambiar.” Y para proseguir con la simplicidad de su mensaje – que no hay que disfrazar el veneno de golosina como solían hacerlo los Borgia y Don Vito –, añadió: “Y si los habitantes de Groenlandia estuvieran dispuestos a asociarse con Estados Unidos, y creo que en última instancia lo harán, podríamos hacerlos mucho más seguros, podríamos brindarles mucha más protección y creo que también les iría mucho mejor económicamente.”
Mientras Vance pronunciaba frases tan amargas y ofensivas para los nativos y daneses, Trump insistía: “Necesitamos Groenlandia. No se trata de si podemos prescindir de ella. No podemos.” Su tono es el de un pobre necesitado sin opciones, suplicando comprensión. Los zorros se turnan en exhibir la falacia y los colmillos. No es que Trump quiera a Groenlandia para USA; es que “es fundamental para la seguridad internacional.” Presume todavía de ser la única potencia a cargo del mundo.
Después de cinco generaciones, los colombianos escuchamos de nuevo algo semejante a “I took Panamá”, cuando Theodore Roosevelt tramó la separación de nuestra provincia centroamericana aprovechando la escuadra norteamericana presente en el istmo para proteger el Canal que construían después del fracaso de los franceses; pues al terminar el desastre nacional de La guerra de los Mil Días, el 3 de noviembre de 1903 nació otra nación en el muñón de Urabá. Sabemos lo que sigue.
La invasión militar es la más rápida y fácil, pero no es lo que hará. Estados Unidos lo hizo en 1941 con miles de tropas en el contexto de la invasión alemana a Dinamarca. Ahora no lo detienen reatos morales, ni las reglas de las Naciones Unidas; sabe que un miembro de la OTAN no podría atacar militarmente a otro sin desbarajustar la alianza, y el gobierno de USA aún la necesita en caso de que fallen sus planes sobre China, o se disloque su relación con Rusia, algo que pende de la suerte de la paz en Ucrania.
Tal vez en un comienzo prefiera utilizar el acuerdo de 1951 con Dinamarca para proteger a Groenlandia, e incremente el número de tropas. Cinco mil unidades iniciales y una base en la costa occidental de la isla, podría ser un buen bocado provisional, mientras la CIA prepara la opinión interna para acoger la nueva nacionalidad. Agentes encubiertos comprarán una tienda de ultramarinos, aprenderán a hablar inuit, corromperán algunos dirigentes locales, y la próxima vez una mayoría votará para ser un territorio gringo. El estatuto autónomo de la isla, y la opción de ser una nación independiente en un referéndum, puede revertir el 85% actual desfavorable a la idea de convertirse en norteamericanos.
Vance conoce el plan. Por ello dijo aquella hermosura de que: “Y si los habitantes de Groenlandia estuvieran dispuestos a asociarse con Estados Unidos, y creo que en última instancia lo harán, podríamos hacerlos mucho más seguros”. La suerte de Groenlandia está echada: los EEUU la necesitan, no pueden prescindir de ella, según lo ha expresado resignado el rubicundo republicano, o no conseguirá que América sea grande otra vez.
Así no será necesario insistir en comprar el territorio. Harry Truman fue rechazado en 1946, y el propio Trump en 2019; sin contar el fracaso de 1910 cuando intentaron anexarla con trueque por territorios en Filipinas. Entretanto podrá negociarse con Dinamarca un arrendamiento a 100 años, al estilo del celebrado entre China y Reino Unido por Hong Kong entre 1898 y 1997. Y repoblarán con marines, fuerzas especiales y la fuerza aérea esa enorme cuña helada.
No lo han dicho, pero allá vamos. Mettie Frederiksen, Primera Ministra de Dinamarca está dispuesta a avenirse a un trato honroso: “Nos gustaría mucho colaborar con los estadounidenses en materia de defensa y seguridad. Lo queremos en Ucrania, lo queremos en Europa y, por supuesto, también en el Alto Norte. Pero Groenlandia pertenece al pueblo groenlandés.”
Por ahora, buena señora; pero así no será después del próximo referéndum groenlandés. A menos que usted logre retrasar lo suficiente el proceso traidor; tanto, que Trump deje la silla en la Oficina Oval, y Vance sea derrotado en 2028. Quizás, los grandes yacimientos de litio, grafito, tantalio, molibdeno, niobio, titanio y otros minerales, pueda explotarlos asociada con Washington. Porque de esas garras no escapará.
Dinamarca, con una extensión continental de 43.000 km2, cometió el yerro histórico de tratar la posesión de ultramar con más de 2.166.000 km2 (410.000 sin hielo), como si fuese “Barataria”, la pequeña ínsula imaginaria que El Quijote prometió a Sancho Panza donde sería gobernador, cuando lo convencía de servirle como escudero. El sueño europeo ha acabado para Dinamarca, es hora de despertar a la pesadilla de cíclopes en que se ha convertido la promesa del sueño americano con Trump, y salvar con un buen negocio la mejor prenda de ese reino.
Álvaro Hernández V
Foto tomada de: elDiario.es
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