El protagonismo del segundo episodio corrió a cargo de Pete Hegseth, el secretario de defensa de Estados Unidos, quién en una intervención en el Consejo de la OTAN, celebrado en Bruselas, declaró que ahora no es realista exigir la devolución de los territorios de Ucrania ocupados por Rusia, como tampoco lo era el ingreso en la OTAN de dicho país. Afirmó que no habría tropas norteamericanas en Ucrania y que si se decidía el envío de tropas europeas estas no estarían cubiertas por el artículo 5 del tratado fundacional de la OTAN, que establece que si un país miembro es atacado el resto tienen que respaldarlo.
La declaración causó el efecto de la explosión de una bomba atómica de muchos megatones en los círculos políticos dominantes en la Unión Europea y en los medios hegemónicos que le son afines. Dijo con todas las letras que la administración Trump estaba dispuesta a satisfacer dos de las principales exigencias rusas: la exclusión de Ucrania de la OTAN y el reconocimiento de que las regiones ruso-parlantes del oeste de Ucrania ya formaban parte de hecho de la Federación rusa. Los círculos dirigentes europeos y los medios hegemónicos que les hacen coro, llevan años aplicando una política radicalmente intransigente con Rusia y de repente el actual líder político de la super potencia que ha instigado y financiado la guerra de Ucrania desde antes de sus comienzos, viene y declara públicamente que hay ponerle fin a la misma negociando con Rusia.
O sea, proponiendo lo mismo que propuso Víktor Orban, el primer ministro de Hungría, quien, por hacerlo, cuando ejerció el semestre pasado la presidencia rotativa del Consejo europeo, recibió la condena fulminante del resto de los miembros de dicho consejo. Si la legislación de la UE lo hubiera permitido, estoy seguro que le hubieran destituido y metido en la cárcel.
Por lo que se comprende que ese mismo Consejo montara en cólera de nuevo, cuando J.D. Vance, el vicepresidente de Estados Unidos, dijo, en la primera sesión de la Conferencia de seguridad de Múnich, que la principal amenaza a la que se enfrentaba Europa no era externa sino interna y consistía en el deterioro de la misma democracia que presumía de defender en el mundo. Para probarlo citó la exclusión o marginación de la vida parlamentaria de aquellos movimientos y partidos políticos con discursos y planteamientos políticos alternativos o distintos de los defendidos por las élites actualmente en el poder en la mayoría de los países de la UE. Ofreció como ejemplo la exclusión de esa misma Conferencia de Múnich de partidos alemanes que encarnan esas alternativas. No los mencionó por nombre propio, pero se estaba refiriendo tanto a Alternativa por Alemania (AfD) como a Alianza Sarah Wageknecht (BSW), a los que se les negó la participación en la Conferencia, a pesar de que ambos tienen representación parlamentaria y están subiendo en las encuestas de opinión previas a las elecciones generales alemanas del próximo 28 de febrero. Son partidos de signo ideológico opuesto, pero coinciden en poner fin a las sanciones a Rusia y en restablecer las relaciones políticas y comerciales con el gigante euroasiático, incluida la reapertura de los gaseoductos Nordstream I y II volados en septiembre de 2022 por una operación conjunta de comandos norteamericanos y noruegos.
La denuncia del deterioro de la democracia liberal en Europa no es nueva, ha sido formulada antes tanto por numerosos analistas políticos como por movimientos de progresistas tan destacados como France Insoumise como por Unidas podemos de España, sin que los medios hegemónicos le hubieran concedido el más mínimo espacio ni les hubieran prestado la más mínima atención. Pero el hecho de que la hiciera el vicepresidente de Estados Unidos de América y en un foro político tan destacado como es la Conferencia de seguridad de Múnich le otorgó otra dimensión. Y produjo reacciones de rechazo tan virulentas como la del canciller alemán, Olaf Scholz. Que Vance sabía que se producirían, a juzgar por el hecho de que se anticipó a responderlas, antes de que se produjeran, en un pasaje de su discurso. Dijo que, si la democracia americana había sobrevivido a 10 años de regaños de la activista del clima Greta Thunberg, no entendía porque la de Alemania no era capaz de encajar un comentario de Elon Musk sobre la política alemana. Se refería sin citarlas a las palabras de apoyo a AfD del supermillonario surafricano y actual miembro del gobierno de Trump.
La siguiente noticia explosiva no dio tiempo a la dirigencia de la UE a encajar los anteriores golpes. Fue el anuncio de la reunión de una delegación de alto nivel de representantes de Estados Unidos y de la Federación Rusa, en Riad, encabezada por el secretario de Estado Marcos Rubio y el jefe de la diplomacia rusa Serguei Lavrov. ¿El objetivo?: la normalización de las relaciones entre ambas potencias y el inicio de las discusiones sobre una eventual salida negociada de la guerra de Ucrania. La respuesta inmediata al inicio de unas negociaciones que dejaban a la Europa occidental al margen de las mismas fue la convocatoria por el presidente Macron de una reunión urgente en Paris con el fin de consensuar una respuesta. Los países invitados: Alemania, Gran Bretaña, España, Italia, Polonia y Holanda. Contaron, además, con la asistencia de Úrsula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. Pero fue más el ruido que las nueces porque no hubo una declaración conjunta y lo único que se logró fue poner en evidencia el desconcierto y la división que reina actualmente en la dirigencia europea. Inclusive en el punto crucial de enviar tropas a Ucrania no hubo acuerdo. El laborista Starmer, el primer ministro británico, insistió en la necesidad de hacerlo, pero eso sí contando con el respaldo explícito de Washington. Scholz, temeroso de que su partido, el SPD, sufra una derrota en las próximas elecciones aún más catastrófica de lo que pronostican las encuestas, declaró que le parecía “inoportuno” el envío de tropas europeas a Ucrania. Polonia rechazó el envío.
Quienes fueron claros fueron Volodymir Zelenski – el presidente caducado de Ucrania – y Úrsula von der Layen. El primero cuestionó el plan de paz de Trump, recupero la consigna de la defensa de la integridad territorial de su país y afirmó que Ucrania nunca firmaría un acuerdo de paz en cuya negociación no hubiera participado directamente. Insistió en la urgencia de un ejército europeo capaz de enfrentar el expansionismo ruso. Remató la faena rechazando la exigencia de Trump de que Ucrania le entregara el control de los recursos sus recursos naturales, incluida las estratégicas tierras raras, en pago por los “500.000 millones de dólares”, invertidos por Washington en la defensa del régimen de Kiev. Von der Leyen lo secundó. Anunció la puesta en marcha del decimosexto paquete de sanciones a Rusia y reafirmó su compromiso con el logro de una paz justa y duradera basada en la integridad territorial y la soberanía de Ucrania y la necesidad de ofrecer “garantías de seguridad convincentes” al país eslavo.
Trump no tardó en responder públicamente a Zelenski. Dijo que lo estimaba como persona pero que es “un presidente completamente incompetente”, que “hace declaraciones ridículas” y cuyo “liderazgo ha permitido que la guerra continúe”. Afirmó que el conflicto en Ucrania “habría podido resuelto sin pérdidas territoriales hace unos años” incluso “por un negociador mediocre”. En referencia al hecho de que el mandato legal de Zelenski concluyo en mayo del año pasado, recordó que “hace mucho tiempo no hay elecciones en Ucrania”. Añadió que “por muy triste que resulte decirlo, Zelenski tiene actualmente un 4% de apoyo”. Y concluyo diciendo que “Ucrania necesita elecciones si quiere un lugar en la mesa de mesa de negociaciones”. Lo que resulta penoso de esta arremetida de Trump contra el líder ucraniano es que la mayor parte de las criticas que le hace a su desempeño político no son en sentido estricto responsabilidad suya sino de la administración Biden que en todo momento le dijo lo que tenía que hacer. Incluso es probable que dicha administración le amenazara con duros castigos en los casos en los que se negara a cumplir las órdenes que se les daban.
De todo el confuso y turbulento debate político y mediático que se ha dado en Europa en torno al plan de paz de Trump extraigo dos mensajes recurrentes. El primero, es que con este plan se inicia una nueva era a escala mundial, pasando por alto que dicho plan no es más que la respuesta que el establishment norteamericano a la situación generada por el terrible desgaste sufrido por las fuerzas armadas ucranianas desde el fracaso de la contraofensiva de 2023. Dichas fuerzas están al borde del colapso y necesitan de una tregua para recomponerse y rearmarse. De allí que Trump clame continuamente por un cese al fuego inmediato. Que no es el fin de la guerra sino su congelamiento. El segundo mensaje insiste en que pase lo que pase Europa debe rearmarse para hacer frente a “la amenaza existencial” que representa Rusia. Un mensaje que es música celestial para los oídos de Trump que va a utilizar ese rearme y esa rusofobia como un elemento de presión a la hora de encarar la negociación con Rusia de su propuesta de un cese al fuego inmediato y la apertura de unas negociaciones de paz que pueden eternizarse sin llegar a ningún acuerdo capaz de satisfacer las exigencias de seguridad rusas. Y todavía más: el rearme y la hostilidad a Rusia bloquean cualquier intento de formular una Ostpolitik, semejante a la que propuso en su día el canciller Willy Brandt. Cuyo objetivo era buscar un entendimiento de Alemania con Rusia que sirviera de contrapeso a la hegemonía norteamericana.
Carlos Jiménez
Foto tomada de: efe.com
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