Los que ven y nos hacen ver, son los ojos de Occidente, y son las voces occidentales las que repetimos inconscientemente, puesto que somos hechura de esa fábrica incesante de pensamientos y reacciones sentimentales que se proclama la civilización más elevada de la Historia, y con derecho a despreciar la de aquellas naciones donde no prospera la democracia que nos legaron los griegos, desconocen el paraíso de la libertad, y las gobiernan tipos autoritarios.
Por siglos persistió esa idea alimentada por escritores decimonónicos, profesores de enciclopedia y la editorial Gredos; hasta que la política fue capaz de juntar el dinero y las armas en un monopolio jamás conocido, cambiando el contenido que definió la cultura de lo que fue Occidente. El mundo occidental actual nada tiene que ver con los antiguos guerreros que quitaron la vida con el hierro, y la festejaron en el bronce, el mármol y la comedia. La democracia que imitamos y defendemos es la de “los padres fundadores de Filadelfia”, no la de Atenas; nos educamos en los ideales del dinero, no en la paideia.
Tras la segunda guerra mundial, lo que sea que significara Occidente, fue usurpado por el discurso de los EEUU para justificar su aspiración de dominar el mundo y la necesidad de contener la amenaza comunista. Con esa intención se diseñó la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), el de seguridad con Australia y Nueva Zelanda (ANSUS), y con Australia y el Reino Unido (AUKUS), tres naciones angloparlantes para garantizar la seguridad en el Pacífico Sur. Y pobló cinco continentes con una estrella entre seis barras que distingue sus armas.
No hay acuerdo sobre el número de bases y de tropas norteamericanas en el extranjero, pero una cifra conservadora cuenta 550 bases e instalaciones militares con cerca de 173 mil tropas, 60 mil de ellas en Europa. No son griegos ni romanos los que manejan los radares, los misiles y lanzaderas en cerca de 76 países. El Occidente de hoy estira hasta las fronteras de ultramar de USA y su seguridad nacional: que son todo el orbe.
Por esa razón, a la “cultura de Occidente” pertenecen orientales como Corea del Sur, Japón y Taiwán; gente del sur como Australia, Nueva Zelanda y Chile; los europeos todos; y tórridos como nosotros, destinados a defender a los Estados Unidos de todos sus enemigos; persuadidos de que encarnan la esencia de la civilización occidental, como se escuchó en la periferia y en todos los tugurios en el vecindario orbital, donde el mensaje caló hasta los tuétanos.
Por convicción, no por sumisión, nos hemos comportado como ejemplares mozos de estribo. Que lo diga si no, el desvaído recuerdo de los soldados colombianos que lucharon en Corea contra los comunistas que amenazaban la democracia toda; o nuestros diplomáticos votando siempre contra China, Rusia y Cuba, por comunistas; apoyando sin vergüenza el Reino Unido contra Argentina en la guerra de las Malvinas, y respaldando con orgullo a Israel y condenando a Palestina.
Ningún bloque de naciones representó mejor que Europa las ideas occidentales junto a los Estados Unidos. Fundidos en el crisol de la guerra contra el nazismo y el fascismo, la Unidad Europea y la OTAN fueron la muralla imperturbable contra el comunismo de la Unión Soviética, y después contra la Rusia capitalista y autocrática, según su discurso. Hasta que Donald Trump rompió el consenso cuando se negó a continuar la guerra en Ucrania, acusó a los europeos de echarle candela a la guerra, convirtió a Rusia en su aliada favorita, y decidió acordar con ella la paz sin contar con la UE, la OTAN y Zelensky, atreviéndose a suspender la ayuda de inteligencia militar a Kiev para doblegarlo.
En Bruselas se sienten traicionados. En Londres y París deben haber recordado a Goya, pareciéndoles que Trump evoca el fresco de “Saturno devorando a su hijo”. Han pasado de la fe ciega a la desconfianza con los Estados Unidos. Mario Dragui dijo sin rodeos, que en la cuestión de Ucrania Estados Unidos demostró ser una verdadera amenaza para Europa. Al temor imaginado de ser invadidos por Rusia hasta Portugal, se ven obligados a encarar esa nueva alianza salvaje. Como los soldados fronterizos en “El desierto de los Tártaros”, la hermosa novela de Dino Buzzati, cumplen durante años su única misión de mirar por encima de la muralla sin haber visto nunca a nadie viniendo de la llanura. Y ahí siguen, seguros de que por allí vendrá el enemigo.
Y ahora el gobierno de los EEUU renuncia al comando de la OTAN que desde 1949 jamás compartió, para no dejar duda de su abandono. Hace agua la carcasa de la Alianza del Atlántico Norte, el estandarte guerrero de Occidente, y la Unión Europea que intenta mantenerla a flote, se descose por la división que el mismo conflicto ucraniano provocó.
La máquina portentosa occidental de producir y dirigir pensamientos con un solo ojo, se fisuró. No aguantó la embestida de un hombre poderoso y determinado a cambiar el statu quo inútil a su plan histórico de hacer a América grande otra vez.
Y ahora los occidentales de Asia, África, Europa y Oceanía, esperaremos a ver por donde tiran la línea para seguirla, sin saber por cuánto tiempo. Quizá resista para el viaje de Trump, y el de Vance después. Tal vez entonces los neoliberales regresen… Pero no hallarán las cosas en el punto en que las dejaron el 19 de enero de 2025. Eso es seguro.
Álvaro Hernández V
Foto tomada de: France 24
Deja un comentario