Hoy no existe ninguna duda de que el origen del problema está en el modelo económico capitalista. Domina el mundo desde hace más de dos siglos y su reproducción depende de la explotación de la clase trabajadora. Mientras no lo sustituyamos por otro menos depredador, no solo sufriremos los asalariados las consecuencias de sus inevitables crisis periódicas, sino también todos los seres vivos del planeta. Con la mirada puesta en un horizonte aproximado de unos 15 años, la única solución posible es terminar con el capitalismo. Solo así evitaremos que su estructura expoliadora y cortoplacista nos haga desaparecer junto a otras especies. Hacerlo conllevará un profundo cambio de hábitos, pero solo así no les legaremos a las próximas generaciones un mundo peligroso y explosivo.
De nada sirven ya las medidas keynesianas o socialdemócratas aplicadas por algunos gobiernos en el pasado cercano o el presente, porque ni han paliado las necesidades más perentorias ni la pobreza mundial.
Ahora bien, hasta que liquidemos el modelo capitalista, se podrían ir aplicando algunas medidas urgentes, como el aumento del gravamen fiscal efectivo a las grandes fortunas y las transnacionales; la lucha objetiva contra el fraude fiscal; la aplicación de medidas más severas contra la corrupción económica y política; la nacionalización de la banca o, al menos, la creación de una banca pública más preocupada por ayudar a las pequeñas empresas y los particulares que por la obtención especulativa de beneficios; la suspensión inmediata e indefinida de los desahucios; una nueva regulación del sistema energético con empresas públicas de gestión y producción de los recursos energéticos para reducir considerablemente la pobreza energética; la derogación de las reformas de pensiones tendentes a la privatización; la aprobación de una renta básica y reformas estructurales del mercado laboral para que no se coarten los derechos individuales y sindicales de trabajadores y trabajadoras; las ayudas a estudiantes y jóvenes en general hasta que se integren en un mercado laboral digno; y, finalmente, la derogación de la censura y la represión —como la Ley Mordaza española— para que podamos ejercer libremente nuestros derechos de manifestación y expresión.
Dichas medidas nos permitirían iniciar la sustitución del modelo capitalista por otro enfocado en los cuidados, la igualdad de género, la potenciación de la solidaridad, la aniquilación de la competitividad y el respeto al medio ambiente. No obstante, el capitalismo es un tumor que hay que extirpar a nivel mundial si queremos sanar y no terminar en la tumba los seres vivos del planeta.
Volviendo al cambio climático, cabe concienciar al público progresivamente, ya que son los propios individuos quienes tienen que «caer en la cuenta» de la necesidad de frenarlo. La única forma efectiva para conseguirlo es salir a la calle para ganarse uno a uno a la máxima cantidad de público. El método consistiría en preguntar a cada sector poblacional lo que le interesa para, a continuación, introducir el modelo de discurso que pudiesen comprender. Si logramos alojar en sus mentes la idea de que obtener un mundo mejor es lo que realmente importa, constatarán que la sociedad de consumo debe ser extirpada de sus vidas. Las herramientas con que contamos para conseguirlo son: el lenguaje, la percepción de lo que hay que decir, qué conceptos introducir y cómo hacerlo.
Ciertamente, la gente común no sabe qué es el capitalismo ni tampoco tiene claro en qué consiste el cambio climático. Asimismo, cada grupo suele desconocer lo que ocurre en otros grupos e intenta imponer sus principios a todo el mundo. Solo adaptándose al lenguaje de cada grupo se podrá acceder a él. Entonces, podremos constatar que, entre un 40% y un 60% de la población, desconoce la realidad. Asimismo, que la mayoría lucha por mantener o mejorar su estatus consumista y se opone a su pérdida. Lo hemos comprobado en la actual pandemia.
Tres etapas caben recorrer para neutralizar el cambio climático: pensar el problema individual y colectivamente, hablar para acordar un plan y decidir cómo llevarlo a cabo y, finalmente, actuar.
En la primera etapa, deberemos averiguar si el peligro es auténtico y tan grave como nos han contado los científicos. Aunque nos parezca que exageran, no es conveniente que eludamos la reflexión. No seamos «negacionistas»… Aunque la discusión llegue al acaloramiento, no debemos obviar el debate. Pese a que lo han hecho los políticos en las campañas electorales por miedo a perder votantes. Actitud realmente inmadura, puesto que un buen político siempre puede recurrir a asesores competentes y consultar el abundante material bibliográfico existente. Solo poniendo interés y siendo responsables, abrirán un debate democrático bien documentado. Con ello, neutralizarán a los científicos no expertos en el tema, que solo defienden los intereses de las multinacionales del sector de los hidrocarburos.
Ciertamente, la irresponsabilidad de los políticos obliga a la ciudadanía a asumir la función propia de gobiernos y organismos internacionales, que hipócritamente dicen preocuparse por nuestro presente y futuro. Tendremos, pues, que promover la conversación, el diálogo y el debate en nuestro quehacer cotidiano: centros sociales, cafeterías y restaurantes, lugares de trabajo, escuelas, hospitales e iglesias de cualquier confesión, salones de casas y mesas de comedores… El objetivo, conseguir que den fruto siendo constructivas, atentas y cordiales. Si aprendemos a practicar un debate eficaz, estaremos preparados para extenderlo al resto de la sociedad. Crearemos así un movimiento social amplio que podrá exigir a los gobiernos una política mundial que afronte los peligros que entraña el cambio climático.
No obstante, quien lea estas líneas tiene todo el derecho del mundo a preguntar si el cambio climático existe realmente. Los organismos internacionales interesados en el tema así lo afirman y han llegado a varios acuerdos para impedirlo o frenarlo. Ahí está el Acuerdo de París, por ejemplo.
También podría preguntar quien nos lea en qué nos basamos los periodistas si no somos científicos expertos en medio ambiente o climatología. Si bien es cierto que no podemos hacer afirmaciones rotundas, sí que podemos confiar en los expertos, como confiamos en los médicos que curan nuestras dolencias, los arquitectos que edifican nuestras casas o los ingenieros que construyen nuestras estructuras ferroviarias y viales.
De igual manera, todo ciudadano puede indagar en Internet acerca de quién defiende qué. Comprobará que los científicos que afirman la existencia del cambio climático proceden fundamentalmente de la climatología, la química, la biología y la medicina; mientras que los discrepantes proceden de la meteorología, la física o la ingeniería, y están financiados por quienes tienen intereses importantes en combustibles fósiles, fundaciones de derechas y fondos de inversión. Es decir, compañías que se hacen muy sospechosas al negar el cambio climático.
A continuación, tras analizar los datos publicados, nos deberíamos preguntar si son exactos, de dónde salen, cómo saber si son normales…Después, intentar comprenderlos viendo cómo cambian los parámetros con el tiempo; es decir, si se mantienen o evolucionan en un sentido u otro. Finalmente, extraer conclusiones acerca de lo que está ocurriendo. Lógicamente, tendremos que basarnos en estándares. Aunque la mayoría no entendemos los «detalles» científicos, sí que somos capaces de seguir líneas argumentales razonadas. Ello nos permitirá vislumbrar la realidad a través de los resultados.
El método científico habitual consiste en observar los procesos del presente y tomar nota de ellos. Es lo que ha ocurrido con el CO2. Los científicos llevan 50 años midiendo su concentración en la atmósfera. También han tomado nota de la correlación entre su aumento y el calentamiento del planeta. Sus consecuencias en el efecto invernadero se llevan estudiando más de cien años. Así pues, han podido demostrar que hay una relación causal entre la combustión de carbón, petróleo y gas —que libera mucho CO2— y el calentamiento del planeta.
Quienes niegan el cambio climático como consecuencia de la mano humana han aducido que podría ser debido a la variación de nuestra distancia con respecto al sol, la actividad de las manchas solares o la actividad volcánica. Pero los expertos han constatado que dichas teorías no encajan con la evolución del calentamiento de la tierra. De hecho, hubo procesos similares en tiempo pretéritos y dicho calentamiento no se produjo. En consecuencia, descartado lo imposible, hay que quedarse con lo probable, por muy desagradable que sea. Aun así, hay gente que piensa que los científicos se pueden equivocar en sus apreciaciones por muy meticulosos que sean. Sin embargo, no es algo que abunde, tal como nos ha demostrado la historia.
Si seguimos dudando de la ciencia y preferimos basarnos en el punto de vista social, no podemos negar que lo que sabemos lo hemos aprendido de otros. En efecto, el aprendizaje consiste en ir averiguando a quién creer para qué cosa. Por eso vamos al médico cuando estamos enfermos o avisamos al fontanero cuando se nos estropea un grifo…¿Por qué, pues, dudar de un grupo de científicos especializados en un ámbito determinado?
Así mismo y desde un punto de vista psicológico, cabe apuntar que a los científicos les gusta tener razón y lucharán lo impensable para convencernos de sus teorías para que se les reconozca. Además, no solo quieren llevarse el mérito de que sus tesis son las acertadas, sino también neutralizar las tesis de sus contrarios. En el caso del cambio climático, se opondrán a quienes defienden los intereses de las petroleras. ¿Quién de nosotros no ha podido comprobar en alguna ocasión la satisfacción con que los científicos preguntan a sus colegas si han tenido en cuenta un planteamiento contrario para dejarlos en evidencia?
Con todo, no debemos considerar la ciencia como un dogma de fe, ya que no existen las certezas absolutas. Los científicos trabajan con presupuestos, pero eso no implica que los climatólogos que han constatado el cambio climático estén locos por haberlo denunciado. Como no acusamos de locos a los médicos cuando descubren una enfermedad desconocida. La medicina es una ciencia muy respetada; también la climatología, porque cuenta con éxitos seguros a nivel mundial desde hace mucho tiempo. Además, ¿no resulta curioso que todos los climatólogos del mundo estén de acuerdo en que el cambio climático es una realidad? Si a los científicos les encanta tener razón, ¿por qué no denunciar unos climatólogos a otros si consideran que el cambio climático no existe?
Pensemos en todo ello para hablar después…
Pepa Úbeda
Un problema del planteamiento propuesto es que parte de la base de que la gente elige lo que piensa y no hay nada más lejos de la realidad. Lo que la gente piensa es el resultado de procesos que dirige la élite financiera y cultural. Sólo los intelectuales y minorías se desmarcan.
Otro problema es que el capitalismo es lo que hay. Uno puede ponerle bridas keynesianas que sí palían la pobreza pero es una hidra de muchas cabezas con gran capacidad de mutación. Tal vez habría que reconocer, con mucho dolor que la lucha contra la hidra es interminable y siempre hay que luchar para evitar los desmanes.
La realidad trágica del cambio climático tiene más que ver con las corporaciones que dominan el mundo que con los ciudadanos de a pie. Son ellas quien tienen los recursos para virar el timón.
YO, por mi parte, hace 30 años que evito el plástico, la combustión fósil,etc en la medida de mis posibilidades. La sietemilmillonésima parte que a mí me toca, la cumplo y lo compruebo haciendo tests de huella ecológica, algo que debería ser obligatorio en todas las instituciones educativas. Si se reparten pasaportes de vacunas, también se debería repartir pasaportes de huella ecológica…