La poesía es gloria, ensoñación, pura poiesis. Es acto místico, de iluminación, de creación perfecta o maltrecha, pero creación espiritual, al fin y al acabo. Asistir a un recital, es como ir a misa o a una ceremonia religiosa: en silencio, la contemplación, el ensimismamiento, cierta fe en los signos, la creencia en los símbolos, su significado más profundo. El uso mas lindo y sumo del lenguaje. La ceremonia íntima y personal. En la Casa de Poesía Silva, por ejemplo, se siente ese recogimiento puro, personal y colectivo, en torno a la magia y el misterio de las letras agrupadas en verso, ya sea rimado o libre, para el entendimiento, la comunicación y el solaz de la humanidad, empezando por colectivos pequeños; verdaderas comunidades de vida estética, comunidades de inspiración. Escuchar de otro su creación, su traducción o el recital de los términos del otro, es toda una pasión, un rito incomparable. Un acto de ensoñación. Es lo divino y es lo humano, juntos y su polifonía significante. Es la más alta ceremonia de las palabras y su polisemia verdadera: orar en voz alta. Recitar en voz alta. Hay fieles, hay contertulios. La poesía siendo muy personal y muy íntima, también tiene un pliegue de parejas, de amigos, correligionarios y comunidades de lenguaje y de entendimiento.
Un gran poema, produce felicidad. Nos lleva al cielo. Amo la poesía de Sor Juana Inés de la Cruz, de Josefa del Castillo, la nuestra. A santa Teresa. Pero para mí, lo máximo en esta línea, es San Juan de la Cruz. Mística, amorosa, terrenal. Límpido, abrasador. Es la perfección de los españoles del Siglo de Oro. Pero así sea leyendo Una Temporada en el Infierno de Arthur Rimbaud o Los Cantos de Maldoror del Conde de Lautreamot, se siente algo íntimo y especial, confesional, cerrado y oscuramente abierto al universo. Cerca al mal o en el mal, es la otra cara del ser, o si no donde estarían Las Flores del Mal de Baudelaire. Recordemos que Martín Heidegger, a propósito de la poesía de Hölderlin, decía que la palabra es la casa del ser, y la Biblia afirma que en principio fue el verbo. El verbo más concentrado y más fino está en la poesía y en la oración. Con ellos hay salvación, salutación y trascendencia. Trascender por la palabra y con las palabras. He ahí la magia intelectual, pero sobre todo espiritual, de la poesía. El verbo y el verso. Conversar y verbo en comunidad.
Se comulga con el verbo, se comulga con el verso. El verso une, el verso liga. Por eso, una acepción muy antigua de la religión, es re li ga re: volver a unir por la oración, y la poesía vuelve a unir en la recitación. Verbo y verso, son consustanciales. En una mera lectura privada o pública de poesía – de poiesis – se siente el espíritu y la palpitación del ser.
La novela es una construcción más pensada, es toda una lucha con las palabras, los personajes, los espacios, los tiempos. Es todo un proceso complicado de la experiencia vital y de atraparlo todo en el lenguaje. Se consigue o no se consigue. Es un esfuerzo mental y espiritual muy tortuoso. Por eso digo que es un estar en el purgatorio. En unas aguas movedizas, oscuras, difíciles de salir adelante. Gente, espacios, tiempos, situaciones, mucha redacción, mucha imaginación. Capítulo tras capítulo, entrar y salir. Golpe tras golpe, lectura tras lectura. Pares y silencios. Es el purgatorio mismo. Hay que atravesarlo para poder salir de ahí. Imaginemos el sacrifico de Proust para poder sobrepasar tomo a tomo los siete que integran “En Busca del Tiempo Perdido”. Recobrar el tiempo, recobrar la vida; he ahí una de las funciones esenciales de la novela. ( a propósito, todo lo que escribo en esos relatos de consumo y de calles, son una novela en si, mi novela, si se quiere muy post moderna, por su estructura , por su temporalidad, por la voz de los personajes y por un estilo atípico, ya que no puede existir a estas alturas una novela coherente ejemplar que sirva como canon literario. Después del Quijote y de Cien Años de Soledad, no me queda sino el máximo fractal novelesco que es el Ulises…).
Atrapar ese tiempo, esas vidas, darlas a conocer. Exponerlas, con la inseguridad de la recuperación, de la recepción del lector. Es una travesía por la vida, las palabras, las cosas, los seres, de la que no siempre se sale bien librado. Es una purga – purgar -. Es una aventura de la mente, de la cultura y del espíritu. De ingresa ahí, pero no se sabe como se saldrá.
Precisamente cuando hay una vida complicada, llena de aventura, en el dicho popular se expresa: “Es toda una novela”. “Eso es de novela”. “Su vida es una novela”. “Eso es muy novelesco”. La novela es la selva de las palabras. La poesía es el oasis de las palabras. Sinonimias mías, pero piénselo bien amigo mío o lector desprevenido y vera que así es.
El ensayo es más tortuoso. Es el infierno del trabajo intelectual, literario y psicológico. Es el mejor infierno de la construcción y la deconstrucción. Recoger pedazos, informaciones, desechos, para tratar de innovar – ensayar – temas, estilos y metodologías. Es volver al fondo y tratar de llegar a la superficie, a la cima, con las palabras, temas, problema, datos, cosas. Meter la cabeza y las palabras al terreno y a la cueva intelectual del ensayo, no es orar y crear (poesía) no es navegar en el mar de las tormentas (novela), es a toda hora lidiar con lo de otros, con lo del borde para tratar de construir algo diferente, o sino son lugares comunes, repeticiones, copias, citas de citas, que es un infierno o una hoguera intelectual, para poder llegar a ser alguien, en ese desierto calenturiento de la vida intelectual o en ese frío constante de la prosaica vida común y corriente. Para poder tener identidad en medio de tanto espejismo literario y cultural. Partir del palimpsesto, salir del incesto y llegar al cesto con algo que valga la pena; sin morir en el intento. Es muy difícil salir ileso de la hoguera del ensayo. En el ensayo está el bien y el mal, el principio y el fin. Es la síntesis, a partir de la leña y la hoguera intelectual.
Definitivamente, el ensayo es un tormento permanente, es un “constructor mortis” – diría yo -; pues alguien decía: “escribir es duro, por que es un parto del espíritu”. Se trata de triturarlo todo, para producir algo. Someter todos los materiales intelectuales, al fuego de la creación temática y espiritual, para ver brotar – no siempre – una buena y bonita criatura. El ensayo es mortal. Hay que arrojarlo todo, pelear con muchas aristas, disciplinas y ciencias, hasta ver la luz de la obra y el estilo. Y recordemos la sentencia de Pío Baroja: El hombre es el estilo. Ese es su carácter.
Esta pelea constante. Este ejercicio cortesiano – de Hernán Cortés – de “quemar las naves”, lo han sufrido y lo han gozado desde Montaigne hasta George Steiner. Desde Don Alfonso Reyes hasta Jorge Luis Borges. Quién dijo que era fácil construir todo un monumento estético, de contenido y estilos propios en medio de la selva intelectual, de toda la humanidad y de toda la historia de la cultura?. Nadie dice o puede decir lo contrario, de resto es ingenuidad o ignorancia. El resto se estrellan contra los muros altos y espinosos de lo mejor de la cultura humana. De todas maneras, salir de este infierno de pasión y belleza (como en La Llama Doble de Octavio Paz o La llama de una Vela de Gaston Bachelard), es más duro que entrar claro, salir libre y bello.
(apartes de un libro de relatos, reflexiones y poemas titulado BITACORA DEL CANANL 18, Que esta terminado pero inédito)
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Pacho Cifuentes
Foto obtenida de: https://www.popularlibros.com/
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